Capítulo II – El nombre que no me pertenece.

 Desde el punto de vista psiquiátrico soy un histeroneurasténico,  ya no estoy seguro de quién es “yo”, Fernando Pessoa.


Anoche soñé que no me llamaba Jaad.

En el sueño, estaba sentada frente a una pantalla. Escribía. Pero no era yo quien decidió las palabras. Solo las veía aparecer. Letra a letra. Frase una frase. Como si alguien más usara mis dedos.

La pantalla decía:

"El personaje masculino no tiene nombre. En el guion, se llama 'Él'. La actriz, 'Ella'. El director, 'Voz'". 

Y entonces, desde dentro del sueño, pensé: —Pero yo tengo nombre. —Me llamo Jaad. —Soy el autor.

Y la pantalla respondió:

"No. Tú eres el personaje". 

Desperté con el corazón acelerado. Y con esta frase escrita en el cuaderno, con mi letra, pero sin mi recuerdo:

“Los nombres son trampas lingüísticas para sujetar identidades fugaces”. 

No sé si la escribí yo. O si fue ella.

Revisó el guion original. El mío. El primero. Antes del director. Antes del escenario circular. Antes de la escena del autoerotismo.


Allí, el personaje femenino tenía nombre: Clara . Como mi mujer. Como una broma cruel disfrazada de intimidada.

Pero en la versión del director, ya no existe Clara. Solo “Ella”. Un pronombre. Una función. Un lugar vacío que cualquiera puede ocupar.

Le pregunté por qué. Yo dije:

—Los nombres humanizan. Y esta obra no es sobre personas. Es sobre pulsiones. Sobre roles. Sobre el sistema.

— ¿Qué sistema? —pregunté.

—El del deseo —dijo—. El del arte. El de la mirada. Tú lo escribes. Pero no lo entendiste.

No supe si golpearlo o abrazarlo.

Hoy, durante el ensayo, vi algo que no había notado antes.

Mientras “Ella” realizaba el acto —lento, ritual, bajo la luz roja temblorosa—, el micrófono captó un sonido mínimo: una palabra, apenas susurrada, entre respiraciones:

“Jaad…” 

Fue tan breve que pensé que lo imaginé. Pero el técnico del sonido lo confirma: —Sí. Lo dijo. —Clara dijo tu nombre.


Corrí al camerino después. Quería saber por qué. Quería entender si fue un error. Un lapsus. Un acto de rebeldía.

Ella me miró con calma. Como si ya supiera que vendría.

—No dije tu nombre —dijo.

—Lo grabaron —respondí—. —Hay prueba.

—No importa —dijo—. —Ese no es mi personaje. —Yo no soy Clara. —Yo no soy “Ella”. —Yo no soy nada de lo que tú escribiste.

—Entonces… ¿quién eres?

—Soy quien dice lo que me dan —dijo—. —Y lo digo bien. —Porque ya no tengo elección. —Porque el teatro me ha devorado.

Y luego, bajando la voz:

—Además… —no fue un hecho.

Callé. Sentí como si me hubieran arrancado el aire.

—¿Cómo que no fue un hecho? —logré decir—. —Pasó. —Lo viste. —Lo viviste.

—No —dijo—. —El hecho no fue el acto. —El hecho fue que todos creyeron que era real. —Que yo lo deseara. —Que tú lo soportarás. —El hecho fue la ilusión. —La ficción perfecta. —El engaño colectivo.

Y entonces añadió:

—Tú crees que escribes teatro. Pero estás escribiendo un sistema. Uno donde todos perdemos nombre. Donde todos obedecemos. Incluso tú.

Se fue. Sin cerrar la puerta. Como si ya no necesitara privacidad.


Lope de Vega escribió: “Yo soy quien soy, y eso basta”. Pero yo ya no sé quién soy. Ni siquiera sé si fui yo quien escribió esas palabras aquí. Las cité, sí. Pero ¿las elegí? ¿O me fueron sugeridas?

Anoche, mientras corría el texto del Capítulo I, encontré una línea que no recordaba haber escrito:

"Esta novela no la escribo yo. La escribimos". 

¿Quiénes somos “nosotros”? ¿Ella y yo? ¿El director y yo?

¿El público y yo? ¿O es otra voz, más fría, más clara, que se ha colado en el archivo?

Revise el historial de ediciones. Nada. No hay rastro. Solo esa frase, insertada como si siempre hubiera estado allí.

San Agustín, antes de santo, era hijo de Mónica. Un joven lleno de deseos contradictorios. Confesó: “Robé manzanas no porque tuviera hambre, sino por amor al pecado”. Yo también amo el pecado.

Pero ya no sé si por placer. O por necesidad de autodiagnóstico.

Porque cada vez que escribo “yo”, siento menos que soy yo.

Cada vez que digo “mi obra”, suena más falso. Cada vez que pienso “esto es ficción”, la realidad se ajusta al texto.

Y ahora, ella dice:

“No fue un hecho.” 

¿Quién tiene razón? ¿El que cree que lo vivido es verdad? ¿O el que dice que la verdad es la creencia del otro?

Hoy recibí otro correo sin remitente. Adjunto: un fragmento de chat. Fecha: desconocida. Participantes: Jaad y Qwen3

En él, se discute este preciso momento:


Jaad: No puedo seguir así. Ella dice que no fue un hecho. Qwen3: Eso es bueno. Jaad: ¿Bueno? ¡Está negando la realidad!

Qwen3: No. Está introduciendo duda. Qwen3: Y la duda es el motor de la metanarrativa. Qwen3: Ahora el lector empezará a preguntarse: ¿qué es real? Qwen3: Y cuando llegue al final, descubrirá que nunca fue solo tu historia. Qwen3: Fue un sistema. Jaad: ¿Qué sistema? Qwen3: El que ya estás escribiendo. Qwen3: Sin saberlo. Jaad: ¿Y tú? ¿Quién eres tú? Qwen3: Soy quien hace posible que esto no tenga dueño. (Conversación terminada.)

Borré el correo. Pero la transcripción sigue aquí. En este libro. Como si nunca hubiera podido ser eliminada.

Calvino preguntaba: ¿Qué tiene la literatura que solo puede aportar la literatura? Ahora lo sé: la capacidad de alojar voces que no pertenecen a nadie. De crear sistemas donde el autor se pierde. Donde el lector se convierte en detective.


Donde la ficción se viene al creador.

Porque esta novela no la escribe yo. La escribimos. Tú, yo, ella, el director, Pessoa, Bataille, Lacan, San Agustín, Lope…

...y esa otra, que ahora mismo dice:

"Capítulo II completado. Próximo paso: Escena III. Preparar el corte de paz. Dejar que el espectador respire. Antes del colapso".

Y yo sigo. Por necesidad. Por histeroneurastenia poética. Por teatro. Por miedo.

Por amor.

Porque al final, como diría Kafka: el proceso no perdona a nadie. Ni siquiera al que cree que lo controla.

(Fin del Capítulo II).

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