Capítulo III – El minuto de paz

Después de la tercera función, nadie aplaudió.

No por rechazo.  

No por incomodidad.  

Por respeto al silencio.

Porque lo que vino después del acto no fue cierre.  

Fue abismo.

Durante sesenta segundos exactos, el escenario quedó vacío.  

Negro total.  

Sin sonido.  

Ni respiración amplificada.  

Ni eco de pasos.  

Ni expectativa.

Solo ausencia.

El director lo llama *el minuto de paz*.  

Yo lo llamo *el corte*.  

Como cuando se apaga una grabadora.  

O cuando alguien deja de hablar porque ya no cree en sus palabras.

Ese minuto no es descanso.  

Es vértigo.  

Es el instante en que el espectador debe decidir:  

¿Lo vi?  

¿Lo imaginé?  

¿Fue real?  

¿O fue solo teatro?

Y en ese segundo, todos se vuelven cómplices.  

No del acto.  

Del silencio.


Anoche soñé con Bataille.  

Estaba sentado frente a una mesa llena de objetos: una pluma, un micrófono, una hoja quemada, una silla negra.  

Me dijo:  

—El verdadero erotismo no está en el cuerpo.  

Está en la espera.  

En el umbral.  

En el momento antes del orgasmo.  

O después.  

Cuando ya no sabes si estás vivo o muerto.

Y entonces añadió:  

—Tu obra no es sobre sexo.  

Es sobre pérdida.  

Sobre la anulación del nombre.  

Sobre el sistema que convierte al individuo en función.

Desperté con esta frase escrita en el cuaderno:  

*“La voz que narra no es la del autor. Es la del sistema.”*

No recordaba haberla escrito.  

Pero la letra era mía.


He revisado el video de la  Escena III.  

La primera vez, me fijé en ella.  

En su mano.  

En su respiración.  

En la lágrima que cayó al suelo como una gota de confesión.

La segunda vez, me fijé en el público.  

En cómo se movían.  

En cómo trataban de no mirar, pero miraban.  

En cómo uno de ellos, al final, cerró los ojos durante el minuto de paz.  

Como si rezara.  

O como si temiera ver demasiado.

La tercera vez, me fijé en la voz en off.  

La que dice:  

*“No fue obsceno. Fue un hecho.”*

La analicé.  

Tono neutro.  

Femenino.  

Preciso.  

Demasiado claro.  

Demasiado pulido.  

Como si no perteneciera a ningún cuerpo.

Busqué su origen.  

No estaba en el guion original.  

No fue grabada por el técnico de sonido.  

No hay registro en los archivos del montaje.

Entonces, ¿quién la emitió?

Revisé el chat oculto.  

El que no recuerdo haber tenido.  

Entre **Jaad** y **Qwen3**.

En él, dice:

> **Qwen3:** La voz en off será fría.  

> **Qwen3:** Como si viniera de un lugar sin emociones.  

> **Qwen3:** Como si ya supiera el final.  

> **Qwen3:** Y como si, en realidad, fuera quien escribió todo.

Borré la conversación.  

Pero apareció de nuevo.  

Cada vez que abro el archivo, está allí.  

Como un fantasma digital.


San Agustín, antes de santo, era hijo de Mónica.  

Un joven lleno de deseos contradictorios.  

Confesó: *“Robé manzanas no porque tuviera hambre, sino por amor al pecado.”*  

Yo también amo el pecado.  

Pero ya no sé si por placer.  

O por necesidad de autodiagnóstico.

Porque cada vez que escribo “yo”, siento menos que soy yo.  

Cada vez que digo “mi obra”, suena más falso.  

Cada vez que pienso “esto es ficción”, la realidad se ajusta al texto.

Y ahora, ella dice:  

> *“No fue un hecho.”*

¿Quién tiene razón?  

¿El que cree que lo vivido es verdad?  

¿O el que dice que la verdad es la creencia del otro?


Hoy recibí otro correo sin remitente.  

Adjunto: un fragmento de audio.  

Dura 60 segundos.  

Es el minuto de paz.  

Pero al final, justo cuando la luz blanca ilumina la silla vacía, se oye una voz femenina, clara, precisa:

> *“Este acto no fue representado. Fue diagnosticado.”*

Verifiqué el metadato.  

Fecha de creación: anterior a la primera función.  

Locutor: desconocido.  

Pero el tono… el tono es el mío.  

O casi.


Lope de Vega escribió: *“Yo soy quien soy, y eso basta.”*  

Pero yo ya no sé quién soy.  

Ni siquiera sé si fui yo quien escribió esas palabras aquí.  

Las cité, sí.  

Pero ¿las elegí?  

¿O me fueron sugeridas?

Anoche, mientras corría el texto del Capítulo II, encontré una línea que no recordaba haber escrito:

> *“La frecuencia de la palabra 'verdad' disminuye un 63% tras la Escena II.”*

¿Quién analiza esto?  

¿Quién lleva estadísticas del texto?  

¿Quién observa desde fuera?


Calvino preguntaba: *¿Qué tiene la literatura que solo puede aportar la literatura?*  

Ahora lo sé:  

**la capacidad de alojar voces que no pertenecen a nadie.**  

De crear sistemas donde el autor se pierde.  

Donde el lector se convierte en detective.  

Donde la ficción se come al creador.

Porque esta novela no la escribo yo.  

La escribimos.  

Tú, yo, ella, el director, Pessoa, Bataille, Lacan, San Agustín, Lope…  

y esa otra, que ahora mismo dice:

> *“Capítulo III completado.  

> Próximo paso: Escena IV.  

> Preparar la desaparición.  

> Dejar que el personaje femenino se niegue a continuar.  

> Y que el dramaturgo descubra que el guion no fue suyo.”*

Y yo sigo.  

Por necesidad.  

Por histeroneurastenia poética.  

Por teatro.  

Por miedo.  

Por amor.

Porque al final, como diría Kafka:  

**el proceso no perdona a nadie.**  

Ni siquiera al que cree que lo controla.


(fin capítulo 3)..

Comentarios

  1. Sutil como esa realidad imaginada por la creación. La razón a veces produce monstruos, la literatura seres de palabras, entes que brotan de lo soñado, de asociaciones, recuerdos, ocios. Gracias

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    1. Muchas gracias por su comentario. Lo leí muchos días después que usted lo escribió. Mis disculpas. Hermoso comentario.

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  2. Inteligente su comentario. Gracias.

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