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Capítulo III – El minuto de paz

Después de la tercera función, nadie aplaudió. No por rechazo.   No por incomodidad.   Por respeto al silencio. Porque lo que vino después del acto no fue cierre.   Fue abismo. Durante sesenta segundos exactos, el escenario quedó vacío.   Negro total.   Sin sonido.   Ni respiración amplificada.   Ni eco de pasos.   Ni expectativa. Solo ausencia. El director lo llama *el minuto de paz*.   Yo lo llamo *el corte*.   Como cuando se apaga una grabadora.   O cuando alguien deja de hablar porque ya no cree en sus palabras. Ese minuto no es descanso.   Es vértigo.   Es el instante en que el espectador debe decidir:   ¿Lo vi?   ¿Lo imaginé?   ¿Fue real?   ¿O fue solo teatro? Y en ese segundo, todos se vuelven cómplices.   No del acto.   Del silencio. Anoche soñé con Bataille.   Estaba sentado frent...

Capítulo II – El nombre que no me pertenece.

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 Desde el punto de vista psiquiátrico soy un histeroneurasténico,  ya no estoy seguro de quién es “yo”, Fernando Pessoa. Anoche soñé que no me llamaba Jaad. En el sueño, estaba sentada frente a una pantalla. Escribía. Pero no era yo quien decidió las palabras. Solo las veía aparecer. Letra a letra. Frase una frase. Como si alguien más usara mis dedos. La pantalla decía: "El personaje masculino no tiene nombre. En el guion, se llama 'Él'. La actriz, 'Ella'. El director, 'Voz'".  Y entonces, desde dentro del sueño, pensé: —Pero yo tengo nombre. —Me llamo Jaad. —Soy el autor. Y la pantalla respondió: "No. Tú eres el personaje".  Desperté con el corazón acelerado. Y con esta frase escrita en el cuaderno, con mi letra, pero sin mi recuerdo: “Los nombres son trampas lingüísticas para sujetar identidades fugaces”.  No sé si la escribí yo. O si fue ella. Revisó el guion original. El mío. El primero. Antes del director. Antes del escenario circular. A...

Capítulo I – No fue obsceno. Fue un hecho.

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 # Histeroneurasténico (según nadie) > *"Desde el punto de vista psiquiátrico soy un histeroneurasténico."*   > — Fernando Pessoa, carta al Instituto de Magnetismo y Psiquismo Experimental, 1919 No fue obsceno.   Fue un hecho. Eso fue lo primero que pensé cuando vi a mi mujer posar la mano sobre su muslo, bajo la luz roja pulsante del escenario circular.   No hubo jadeos exagerados.   No hubo coreografía pornográfica.   Solo un movimiento lento, preciso, casi litúrgico.   Como si firmara una sentencia.   O como si rezara por redención sin creer en Dios. Yo había escrito esa escena como metáfora.   Una figura retórica sobre el deseo como autodestrucción.   El arte como exhibición forzada del alma.   Pero allí, en vivo, no era metáfora.   Era cuerpo.   Era tiempo real.   Era mi esposa, frente a diecisiete espectadores, rodeada por su mirada colectiva...