Capítulo III – El minuto de paz
Después de la tercera función, nadie aplaudió. No por rechazo. No por incomodidad. Por respeto al silencio. Porque lo que vino después del acto no fue cierre. Fue abismo. Durante sesenta segundos exactos, el escenario quedó vacío. Negro total. Sin sonido. Ni respiración amplificada. Ni eco de pasos. Ni expectativa. Solo ausencia. El director lo llama *el minuto de paz*. Yo lo llamo *el corte*. Como cuando se apaga una grabadora. O cuando alguien deja de hablar porque ya no cree en sus palabras. Ese minuto no es descanso. Es vértigo. Es el instante en que el espectador debe decidir: ¿Lo vi? ¿Lo imaginé? ¿Fue real? ¿O fue solo teatro? Y en ese segundo, todos se vuelven cómplices. No del acto. Del silencio. Anoche soñé con Bataille. Estaba sentado frent...